El Visitante de la Tumba
El cementerio de San Miguel se extendía como un jardín solemne bajo el cielo otoñal. Las lápidas de mármol y granito emergían entre cipreses centenarios, vigilantes silenciosos del descanso eterno. A esta hora, con el sol descendiendo tras las montañas, el lugar adquiría una belleza melancólica que Damián encontraba extrañamente reconfortante.
Caminaba por los senderos de grava con paso lento, sus zapatos produciendo un crujido rítmico que rompía el silencio. Un ramo de lirios blancos descansaba en su mano izquierda. La derecha sostenía un bastón que no necesitaba realmente, pero que se había convertido en una extensión de su persona en los últimos años.
Conocía el camino de memoria. Tercera hilera desde la entrada principal, doblar a la izquierda en la estatua del ángel, avanzar diecisiete pasos. La tumba de Alberto Mendoza. Una lápida de granito negro, sobria y elegante, con letras doradas que habían comenzado a perder su brillo:
Alberto Mendoza Vidal 1958 - 2018 "El tiempo es solo la medida de nuestra ignorancia"
Damián contempló la inscripción con una sonrisa triste. La frase era de un poema que Alberto había escrito en su juventud, cuando ambos estudiaban Literatura en la universidad. En aquella época, Alberto estaba obsesionado con el concepto del tiempo, con su naturaleza ilusoria. "No existe el pasado ni el futuro", solía decir durante sus largas conversaciones nocturnas, "solo existe un eterno presente que se despliega ante nosotros como las páginas de un libro que alguien más está leyendo".
Se agachó con esfuerzo para depositar los lirios sobre la lápida. A sus sesenta y siete años, cada movimiento le recordaba el inexorable avance del tiempo que su amigo tanto había cuestionado.
—Buenas tardes, viejo amigo —murmuró—. Te he traído tus favoritas.
El ritual se había convertido en una constante durante los últimos cinco años. Cada jueves, sin importar el clima, Damián visitaba la tumba de Alberto. A veces permanecía apenas unos minutos; otras, como hoy, se sentaba en el pequeño banco de piedra junto a la lápida y pasaba horas conversando con el ausente.
—Han derribado la librería Ateneo —dijo, acomodándose en el banco—. Esa donde presentaste tu primer libro. Van a construir un centro comercial. El mundo sigue empequeñeciéndose, Alberto. Los espacios que amábamos desaparecen uno a uno.
Una brisa suave agitó las hojas de los cipreses, como si el cementerio suspirara ante sus palabras. Damián cerró los ojos un momento, dejando que los recuerdos fluyeran. Alberto y él en la universidad, debatiendo apasionadamente sobre Borges y Cortázar. Alberto en su boda con Elena, siendo su padrino, brindando con un discurso que hizo reír y llorar a los invitados. Alberto recibiendo el Premio Nacional de Literatura, llamándolo desde el estrado, insistiendo en que subiera a compartir el reconocimiento porque "cada palabra que he escrito lleva el eco de nuestras conversaciones".
—Tu último libro se ha reeditado —continuó Damián, abriendo los ojos—. Edición de lujo, con prólogo de García Montero. "Las Geometrías del Olvido". Siempre fue mi favorito, aunque tú lo considerabas imperfecto. Decías que te faltó valor para llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
Extrajo de su abrigo un pequeño frasco plateado y tomó un sorbo de whisky. El líquido quemó agradablemente su garganta.
—Elena pregunta por ti, a su manera —añadió con voz más baja—. Ya sabes cómo es ella. No menciona tu nombre directamente, pero cuando viene a casa, se queda mirando esa fotografía en la que estamos los tres en Santorini. El Alzheimer le ha robado muchos recuerdos, pero no ha podido llevarse ese.
Un guardián del cementerio pasó a lo lejos, lanzándole una mirada comprensiva. Probablemente estaba acostumbrado a verlo allí, hablando con los muertos como si pudieran escuchar. Quizás podían. Damián quería creerlo.
—He estado releyendo tus cuadernos —confesó, inclinándose hacia la lápida como si compartiera un secreto—. Los que me dejaste en tu testamento con la condición de que los publicara "cuando estuviera preparado". No estoy seguro de estarlo aún. Hay cosas allí, Alberto... cosas que no sabía de ti. Miedos que nunca compartiste, sueños que nunca mencionaste.
Miró al cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a aparecer entre nubes dispersas.
—¿Sabes qué me sorprendió más? Tus notas sobre mí. Las páginas enteras que dedicaste a analizarme, a descifrarme. No sabía que me observabas con tanto detenimiento, con tanta... —buscó la palabra adecuada— minuciosidad. Es como si hubieras querido cartografiar mi alma.
Tomó otro sorbo de whisky. El crepúsculo avanzaba, tiñendo el cementerio de sombras azuladas. Pronto tendría que marcharse; no le gustaba estar allí cuando la oscuridad era completa. Había algo en la noche que hacía que las tumbas parecieran más cercanas entre sí, como si los muertos se congregaran para susurrar secretos que los vivos no debían escuchar.
—Lo más extraño fue encontrar, entre tus papeles, un cuento que nunca publicaste —continuó, bajando instintivamente la voz—. "El Visitante". ¿Lo recuerdas? Trata sobre un hombre que visita regularmente la tumba de su amigo, hasta que comprende que él mismo es el muerto, atrapado en algún tipo de limbo. Muy a lo Cortázar, pero con ese toque tuyo de ambigüedad metafísica.
Damián dejó escapar una risa corta, sin humor.
—Me inquietó leerlo, teniendo en cuenta nuestra situación actual. Tú bajo tierra, yo visitándote fielmente. Como si hubieras previsto este ritual que ahora realizo. Pero claro, ahí termina el paralelismo. Yo estoy muy vivo, aunque a veces me sienta más cercano a tu mundo que al de los vivos.
Las farolas del cementerio se encendieron automáticamente, creando círculos de luz amarillenta que apenas llegaban a la tumba de Alberto. Damián consultó su reloj. Era hora de irse.
—Debo marcharme —dijo, levantándose con dificultad—. La semana que viene traeré ese vino que tanto te gustaba. Lo abriré aquí y brindaremos por los viejos tiempos. Quizás te lea algunos fragmentos de mi nuevo libro. Estoy escribiendo de nuevo, Alberto. Después de cinco años de silencio, las palabras han vuelto. Creo que te gustará. Es... diferente a lo que solía escribir. Más cercano a tu estilo, en realidad.
Se inclinó para tocar la lápida fría, un gesto de despedida que se había convertido en parte del ritual.
—Hasta pronto, viejo amigo.
Damián emprendió el camino de regreso, apoyándose más de lo habitual en su bastón. La edad comenzaba a pesar, especialmente en noches húmedas como esta. A medio camino, se detuvo y miró hacia atrás. La tumba de Alberto era apenas visible en la creciente oscuridad, pero por un momento creyó ver una figura de pie junto a ella. Parpadeó, y la ilusión se desvaneció.
"Trucos de la luz y la memoria", pensó, retomando su camino.
No vio al guardián del cementerio, que lo observaba desde la distancia con expresión perpleja. El mismo guardián que, momentos después, se acercaría a otro visitante para preguntarle:
—Disculpe, señor, ¿conoce a ese hombre que acaba de salir?
—¿Cuál? No he visto a nadie salir.
—El anciano con bastón. Estaba en esa tumba de allá.
El visitante miró en la dirección que el guardián señalaba y negó con la cabeza.
—No he visto a nadie. Pero conozco esa tumba. Es de un escritor, Alberto Mendoza. Mi padre lo admiraba mucho.
El guardián frunció el ceño, confundido.
—No, señor. Esa es la tumba de Damián Correa. El escritor. Murió hace cinco años. Alberto Mendoza viene a visitarlo cada jueves.
Ambos hombres se miraron en silencio, un escalofrío compartido recorriendo sus espinas dorsales.
Esa noche, al regresar a casa, Alberto Mendoza, de setenta y dos años, extrajo de su escritorio un cuaderno gastado. Lo abrió en una página marcada con un separador de seda negro. Allí, con la caligrafía precisa de Damián, un cuento titulado "El Visitante" comenzaba con estas palabras:
"El cementerio de San Miguel se extendía como un jardín solemne bajo el cielo otoñal. Las lápidas de mármol y granito emergían entre cipreses centenarios, vigilantes silenciosos del descanso eterno..."
Alberto cerró el cuaderno con manos temblorosas y se sirvió un whisky. Mañana sería jueves nuevamente. Y él volvería al cementerio, como había hecho cada semana durante los últimos cinco años. Porque en algún lugar entre la vida y la muerte, entre la realidad y la ficción, entre la memoria y el olvido, Damián lo esperaba para continuar una conversación que ninguno de los dos sabía cómo terminar.