El Visitante

El Visitante

El doctor Vidal anotó mecánicamente la hora en su registro: 19:42. Lo había hecho así durante los últimos veinte años, cada vez que el último paciente atravesaba la puerta de su consulta. Era un ritual que le proporcionaba una sensación de cierre, de orden en un mundo donde las mentes humanas —su campo de estudio— eran cualquier cosa menos ordenadas.

Estaba guardando sus notas cuando escuchó tres golpes en la puerta. Suaves, pero decididos.

—Adelante —dijo, frunciendo el ceño. No esperaba a nadie más.

La puerta se abrió y apareció un hombre de mediana edad, vestido con un traje gris impecable. Tenía el pelo negro con algunas canas en las sienes y un rostro que, aunque no era particularmente atractivo, resultaba memorable por su expresión de absoluta serenidad.

—Doctor Vidal, lamento presentarme sin cita previa —dijo el hombre con voz grave y modulada—. Mi nombre es Ernesto Lamas.

El doctor consultó su agenda electrónica, confirmando lo que ya sabía: no había ningún Ernesto Lamas en su lista.

—Señor Lamas, mi horario de consulta ha terminado. Si desea una cita, puede hablar con mi secretaria mañana.

El hombre sonrió levemente.

—Lo entiendo, doctor. Pero no vengo como paciente. Vengo a hablarle de Manuel Quintero.

El nombre cayó como una piedra en un estanque tranquilo. Manuel Quintero. Hacía quince años que el doctor Vidal no escuchaba ese nombre pronunciado por otra persona que no fuera él mismo, en sus propios pensamientos.

—¿Quién es usted realmente? —preguntó, con una tensión nueva en su voz.

—Solo alguien interesado en la verdad —respondió Lamas, sentándose sin esperar invitación—. En particular, me interesa saber por qué certificó que Manuel Quintero sufría de esquizofrenia paranoide cuando usted sabía perfectamente que estaba cuerdo.

El aire de la habitación pareció enfriarse de golpe. El doctor Vidal mantuvo el rostro impasible, pero un leve temblor en su mano derecha lo traicionó.

—Eso es una acusación muy grave, señor Lamas. Y completamente infundada. Mi diagnóstico fue correcto según toda la sintomatología que presentaba el paciente.

Lamas asintió lentamente, como si estuviera considerando sus palabras.

—Es curioso que mencione la sintomatología, doctor. Porque he estado estudiando el caso durante años. He hablado con familiares, amigos, incluso con otros profesionales que trataron a Quintero antes que usted. Nadie, absolutamente nadie, observó signos de esquizofrenia hasta que él comenzó a hablar del fraude en Farmacéutica Nacional.

El doctor Vidal se levantó, rodeando su escritorio.

—No sé qué pretende insinuar, pero le agradecería que se marchara ahora mismo.

—¿Sabe dónde está Manuel Quintero ahora, doctor? —preguntó Lamas, ignorando la orden—. Quince años en una institución psiquiátrica han hecho su trabajo. Ya no habla del fraude. De hecho, apenas habla. Pero yo sí puedo hablar. Y tengo todas las pruebas que él intentó presentar.

El doctor comenzó a sentir un sudor frío bajando por su espalda.

—Las pruebas de una mente perturbada no tienen validez —dijo, intentando mantener la compostura.

—¿Y qué hay de las pruebas de una mente brillante que fue silenciada porque descubrió que cierto medicamento causaba efectos secundarios graves que fueron deliberadamente ocultados? —Lamas extrajo un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Efectos secundarios que han matado a cientos de personas, incluida mi esposa.

El doctor Vidal miró el sobre como si contuviera algo venenoso.

—No sé de qué está hablando.

Lamas sonrió con tristeza.

—Lo sabe perfectamente. Igual que sabe que recibió un pago sustancial por ese diagnóstico. Lo tengo todo documentado, doctor. Los depósitos a su cuenta en las Islas Caimán, las comunicaciones con los ejecutivos de la farmacéutica, todo.

Se produjo un largo silencio. El doctor Vidal se dejó caer nuevamente en su silla, repentinamente envejecido.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó finalmente.

—La verdad, doctor. Públicamente. Un nuevo informe donde reconozca que Manuel Quintero estaba perfectamente cuerdo y que usted falsificó su diagnóstico bajo presión o soborno. Es lo mínimo que merece después de quince años de encierro injusto.

El doctor Vidal cerró los ojos un momento.

—Destruiría mi carrera.

—Sí —respondió Lamas con sencillez—. Igual que usted destruyó la vida de Manuel Quintero. Y permitió indirectamente la muerte de cientos de personas que podrían haberse salvado si la verdad hubiera salido a la luz entonces.

El doctor abrió un cajón de su escritorio y sacó una botella de whisky y un vaso. Sirvió una generosa cantidad y la bebió de un trago.

—Supongo que no tengo alternativa.

—Siempre hay alternativas, doctor. Usted eligió la suya hace quince años.

El doctor Vidal miró a su visitante con renovada atención.

—¿Cómo se enteró de todo esto? ¿Quién es usted realmente?

Lamas se levantó y caminó hacia la puerta.

—Se lo dije al entrar. Soy Ernesto Lamas.

—Ese nombre no me dice nada.

—No tendría por qué. Nunca nos habíamos visto.

El doctor lo miró confundido.

—Pero entonces, ¿cómo supo...?

—Manuel Quintero era mi hermano —dijo Lamas, y ante la expresión de desconcierto del doctor, añadió—: Mi hermano adoptivo. Diferentes apellidos, misma sangre en el sentido que importa. Él siempre cuidó de mí. Ahora me toca a mí cuidar de él.

El doctor Vidal palideció visiblemente.

—Mañana a esta hora volveré —continuó Lamas—. Espero que tenga lista su declaración.

Cuando la puerta se cerró tras el visitante, el doctor Vidal permaneció inmóvil, mirando al vacío. Después de unos minutos, tomó su teléfono y marcó un número que no había usado en años.

—Soy Vidal —dijo cuando contestaron—. Tenemos un problema.

Al otro lado, la voz sonó alarmada:

—¿Qué clase de problema?

—El hermano de Quintero ha aparecido. Lo sabe todo.

Un largo silencio precedió a la respuesta:

—Imposible. Manuel Quintero no tiene hermanos. Era hijo único.

El vaso de whisky se deslizó de los dedos súbitamente entumecidos del doctor Vidal y se estrelló contra el suelo.

En el pasillo vacío frente a la consulta, las cámaras de seguridad grabaron el corredor desierto durante toda la tarde. Nadie había entrado ni salido en la última hora.