El Espejo del Hotel
El Hotel Montserrat era el tipo de lugar que habría fascinado a Agatha Christie: un edificio art déco de principios del siglo XX, con pasillos alfombrados que amortiguaban el sonido, empleados discretos que parecían fantasmas, y una clientela compuesta principalmente por personas que buscaban no ser encontradas.
Gabriel Montes, escritor de novelas policiacas en pleno bloqueo creativo, eligió este hotel precisamente por eso. Necesitaba aislamiento y, quizás, inspiración. Su editor esperaba el manuscrito desde hacía tres meses, y Gabriel apenas había escrito treinta páginas mediocres. Había llegado al punto de detestar a su propio protagonista, el detective Ernesto Vidal, cuyas aventuras habían financiado la hipoteca de Gabriel durante los últimos ocho años.
La habitación 237 era amplia, con techos altos y molduras ornamentadas. Pero lo que llamó la atención de Gabriel fue el enorme espejo de cuerpo entero que dominaba una de las paredes. Era una pieza antigua, con un marco dorado tallado con motivos vegetales que parecían querer invadir el cristal. La superficie reflectante tenía ese tono ligeramente verdoso característico de los espejos viejos, como si el tiempo hubiera quedado atrapado en él.
Gabriel dejó su equipaje junto a la cama y se acercó al espejo. Su reflejo lo recibió con aspecto cansado: las ojeras pronunciadas, la barba de tres días, el pelo desordenado. A sus cuarenta y dos años, comenzaba a parecerse demasiado al detective alcohólico y desencantado que había creado en sus novelas. Quizás por eso ya no lo soportaba: Ernesto Vidal era como un recordatorio constante del hombre en que se estaba convirtiendo.
—Patético —murmuró a su reflejo.
Se apartó del espejo y se dispuso a deshacer la maleta. Colocó su portátil en el pequeño escritorio junto a la ventana. Al menos la vista era decente: una panorámica de tejados antiguos que se extendía hasta las montañas distantes.
Esa noche, tras una cena solitaria en el restaurante del hotel, Gabriel regresó a su habitación decidido a escribir algo, cualquier cosa. Se sentó frente al portátil, abrió un documento en blanco y esperó a que las palabras llegaran. Como de costumbre, no lo hicieron.
Frustrado, levantó la mirada y se encontró observando directamente el espejo frente a él. Por un instante, tuvo la extraña sensación de que su reflejo tardaba una fracción de segundo en imitar sus movimientos. "El cansancio", se dijo. Se pasó una mano por el rostro y, horrorizado, vio que su reflejo sonreía aunque él no lo estaba haciendo.
Gabriel se levantó de golpe, tirando la silla. El reflejo también se levantó, pero con calma, como si hubiera estado esperando ese momento. Y entonces, ante los ojos incrédulos de Gabriel, su imagen en el espejo habló sin que él moviera los labios:
—Siéntate, Gabriel. Tenemos que hablar.
Gabriel retrocedió hasta chocar contra la pared. Su mente racional buscaba desesperadamente una explicación. ¿Alucinaciones por agotamiento? ¿Efectos secundarios de los somníferos que tomaba últimamente? ¿Alguna broma elaborada con un vídeo proyectado?
—No estás loco —dijo el reflejo, como leyendo sus pensamientos—. Y tampoco estás dormido. Soy real, o tan real como puedo ser.
—¿Qué... quién eres? —consiguió articular Gabriel.
El reflejo sonrió de nuevo, pero no era una sonrisa amable. Había algo depredador en ella, algo que Gabriel reconoció con un escalofrío como la sonrisa que siempre imaginaba en los antagonistas de sus novelas.
—Soy tú, por supuesto. O más precisamente, soy las partes de ti que mantienes encerradas. Los pensamientos que reprimes, los deseos que niegas, las palabras que nunca te atreves a decir. —Su reflejo dio un paso adelante, como si pudiera salir del espejo en cualquier momento—. Y estoy harto de que me ignores.
Gabriel tragó saliva. Una parte de él quería huir de la habitación, pero otra, la parte que siempre había sido curiosa, la parte que lo había convertido en escritor, quería saber más.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que dejes de fingir. —El reflejo adoptó una postura más relajada, casi burlona—. Estás bloqueado porque estás escribiendo lo que crees que debes escribir, no lo que realmente quieres. Has convertido a Ernesto Vidal en un cliché, un detective atormentado más entre cientos. Pero ambos sabemos lo que realmente quieres escribir, ¿verdad?
Gabriel sintió un escalofrío. Sí, lo sabía. Desde hacía años había tenido una idea para una novela diferente, más oscura, más perversa. Una historia donde el protagonista no resolvía crímenes, sino que los cometía. Pero siempre había reprimido esa idea, convenciéndose de que nadie querría leerla, de que arruinaría su carrera.
—No te atreves a escribir desde la perspectiva del asesino porque temes lo que la gente pensará —continuó el reflejo—. Temes que descubran cuánto lo entiendes, cuánto puedes empatizar con él. Temes que vean al verdadero Gabriel Montes.
—Eso no es cierto —replicó Gabriel, con menos convicción de la que le hubiera gustado.
—¿No? —El reflejo ladeó la cabeza—. Ambos sabemos que entiendes el impulso. La forma en que el poder fluye por tus venas cuando imaginas esas escenas. Lo que se siente al decidir quién vive y quién muere, aunque solo sea en tu imaginación.
Gabriel apretó los puños. Era cierto. Cuando escribía, siempre disfrutaba más creando al villano que al héroe. Siempre sentía un extraño placer describiendo el crimen desde su perspectiva. Un placer que después ocultaba, del que se avergonzaba.
—Solo estás bloqueado porque estás reprimiendo tu verdadera voz —dijo su reflejo con un tono más suave, casi seductor—. Yo puedo ayudarte a encontrarla de nuevo.
—¿Cómo? —La palabra escapó de los labios de Gabriel antes de que pudiera contenerla.
El reflejo sonrió, triunfante.
—Escríbeme a mí. Libérame. Deja que tome el control por una noche.
Gabriel sintió un impulso irracional de aceptar, pero algo en la forma en que su reflejo lo miraba le hizo dudar.
—¿Qué pasará si lo hago?
—Escribirás la mejor novela de tu vida. Y yo... —El reflejo hizo una pausa dramática—. Yo experimentaré lo que es estar vivo, aunque sea brevemente.
Hubo algo en aquella última frase que encendió una alarma en la mente de Gabriel. Se alejó del espejo lentamente.
—No. Esto es absurdo. Estoy hablando con un espejo.
El reflejo golpeó el cristal desde el otro lado, causando un sonido que reverberó por toda la habitación. Su expresión se había transformado en una máscara de furia.
—No te atrevas a darme la espalda. No después de que me has mantenido prisionero durante todos estos años.
Gabriel alcanzó su teléfono, dispuesto a llamar a recepción, a la policía, a quien fuera. Pero antes de que pudiera marcar, su reflejo habló de nuevo, esta vez con una voz que sonaba exactamente como la del padre de Gabriel:
—Siempre fuiste un cobarde, Gabriel. Por eso ella te dejó.
Gabriel se quedó paralizado. Su padre había muerto hacía quince años. Y nadie, absolutamente nadie, sabía que esas habían sido sus últimas palabras para su hijo. Palabras pronunciadas después de que Laura, su prometida de entonces, lo abandonara al descubrir sus manuscritos ocultos, aquellos que Gabriel nunca había mostrado a nadie, donde exploraba los límites más oscuros de la mente humana.
—¿Cómo sabes eso? —susurró.
—Ya te lo dije. Soy tú. Conozco cada pensamiento que has tenido, cada fantasía, cada miedo. —El reflejo suavizó su expresión—. Y puedo ayudarte a convertirlos en arte.
Esa noche, Gabriel no durmió. Permaneció sentado frente a su portátil, escribiendo frenéticamente mientras su reflejo lo observaba desde el espejo con una sonrisa satisfecha. Las palabras fluían como nunca antes. Página tras página de una narrativa hipnótica sobre un hombre que descubre un espejo antiguo que le permite explorar sus impulsos más oscuros sin consecuencias... hasta que las consecuencias comienzan a filtrarse en el mundo real.
Cuando el amanecer pintó de rosa las montañas distantes, Gabriel había escrito más de sesenta páginas. Se sentía eufórico y, al mismo tiempo, extrañamente vacío, como si algo hubiera sido extraído de él.
Su reflejo ya no actuaba de forma independiente. Ahora imitaba sus movimientos con precisión milimétrica, como cualquier espejo normal. Gabriel se acercó cautelosamente, estudiando su imagen. Algo había cambiado. Su postura era más erguida, sus ojos más brillantes, su sonrisa más confiada. Se veía mejor que en años.
Quizás había sido solo un episodio alucinatorio provocado por el estrés. O quizás había sido real, de alguna manera que no podía comprender. En cualquier caso, ahora tenía el comienzo de una novela que sabía que sería extraordinaria.
Durante las siguientes tres semanas, Gabriel apenas salió de su habitación. Comía lo mínimo, dormía pocas horas y escribía constantemente. La novela tomaba forma a un ritmo vertiginoso. Su protagonista, un escritor de novelas policiacas llamado Ernesto, descubría que su reflejo había cobrado vida propia y lo incitaba a cometer los crímenes que hasta entonces solo había imaginado.
El reflejo en el espejo permanecía normal durante el día, pero cada noche, exactamente a las 3:33 de la madrugada, cobraba vida nuevamente. Ya no hablaba tanto. Mayormente observaba a Gabriel escribir, asintiendo ocasionalmente, sonriendo cuando la narrativa tomaba un giro particularmente oscuro.
A veces, Gabriel se preguntaba si no estaría volviéndose loco de verdad. Pero el manuscrito era real, tangible, y era mejor que cualquier cosa que hubiera escrito antes.
En la última noche de su estancia, Gabriel terminó la novela. Más de cuatrocientas páginas que habían surgido de él como una fiebre, como una posesión. Se sentía agotado pero triunfal cuando escribió las palabras "FIN" en la última página.
—Lo hemos conseguido —dijo al espejo.
Su reflejo, que durante las últimas semanas había permanecido dócil, sonrió de una forma que hizo que Gabriel sintiera un escalofrío.
—No, Gabriel. Solo es el comienzo.
Antes de que Gabriel pudiera reaccionar, sintió un mareo repentino. La habitación giró a su alrededor y tuvo que agarrarse al escritorio para no caer. Cuando levantó la vista hacia el espejo, vio con horror que su reflejo ya no imitaba sus movimientos. Estaba de pie, erguido, mientras Gabriel se encorvaba sobre el escritorio.
—¿Qué está pasando? —jadeó.
—Un intercambio —respondió su reflejo con calma—. Tú me liberaste a través de tus palabras, me diste forma y sustancia. Ahora yo tomaré tu lugar en el mundo, y tú ocuparás el mío en el espejo.
Gabriel intentó alejarse, pero sus piernas no respondían. Sintió como si algo tirara de él hacia el espejo, como si su esencia estuviera siendo arrancada de su cuerpo.
—No puedes hacer esto —gritó—. ¡No eres real!
—¿No? —Su reflejo se acercó hasta quedar a centímetros del cristal—. Tú me creaste, Gabriel. Me diste una voz, una personalidad, deseos. Me hiciste real. Y ahora estoy listo para vivir la vida que tú nunca te atreviste a vivir.
Con un último esfuerzo desesperado, Gabriel extendió la mano hacia su teléfono, pero era demasiado tarde. Sintió cómo su cuerpo se volvía ligero, etéreo, mientras era absorbido inexorablemente hacia la superficie del espejo.
Lo último que vio antes de que su conciencia se disolviera fue a su reflejo —ahora en posesión de su cuerpo— recogiendo el manuscrito terminado con una sonrisa satisfecha.
Una semana después, Carla Sáenz, la editora de Gabriel Montes, recibió un correo electrónico con un archivo adjunto. Era el manuscrito prometido, junto con una breve nota:
*"Aquí está la novela que prometí. Es un cambio de dirección para mí, pero creo que es lo mejor que he escrito. He decidido quedarme en el Hotel Montserrat un tiempo más. La inspiración fluye aquí como nunca antes. * P.D.: He pensado en cambiar mi nombre literario. ¿Qué te parece 'Ernesto Vidal'? Creo que me queda mejor ahora."
Carla leyó el manuscrito de un tirón aquella misma noche. Era brillante, perturbador, hipnótico. Nada parecido a lo que Gabriel había escrito antes. La historia de un escritor atrapado en un espejo mientras su reflejo tomaba su lugar en el mundo real estaba narrada con un conocimiento tan íntimo del terror psicológico que le provocó pesadillas.
Al día siguiente, llamó al Hotel Montserrat para felicitar a Gabriel personalmente. Le dijeron que el señor Montes había dejado el hotel hacía dos días, tras solicitar específicamente la habitación 237 para su próxima visita, dentro de exactamente un año.
Lo que nadie sabía, lo que nadie podría saber, era que en el espejo de la habitación 237, una figura golpeaba desesperadamente el cristal desde el otro lado. Una figura que gritaba sin ser oída, que suplicaba sin ser escuchada. Una figura condenada a observar cómo su creación vivía la vida que le había robado.
Y en la superficie del espejo, casi invisibles a menos que la luz incidiera exactamente en el ángulo correcto, podían verse unas palabras arañadas desde el interior:
"Cuidado con lo que escribes. Podría escribirte a ti."
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