Ecos

Ecos

La grabadora apareció en mi escritorio un martes. No recuerdo haberla comprado. No recuerdo que alguien me la haya regalado. Simplemente estaba allí, entre mis libros y papeles, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.

Era un modelo antiguo, de esos con cintas de casete, no una grabadora digital moderna. Su carcasa de plástico negro mostraba signos de desgaste en las esquinas, y el botón de reproducción tenía ese brillo particular que adquieren los objetos muy usados. Dentro había una cinta.

Si hubiera sido más cauteloso, quizás la habría arrojado a la basura. O al menos habría preguntado a mi esposa Lucía si sabía de dónde había salido. Pero la curiosidad siempre ha sido mi debilidad. Así que presioné el botón de reproducción.

Al principio, solo hubo estática. Luego, una voz. Mi voz.

"Hoy es 23 de abril. Hace tres semanas que comencé a notar las inconsistencias. Pequeñas al principio. Un libro que no recordaba haber comprado. Un mensaje que envié y que no aparece en mi teléfono. Lucía mencionando una conversación que no recuerdo haber tenido."

Detuve la grabación, confundido. Yo no había grabado eso. Nunca había hablado de "inconsistencias". Y hoy era 2 de abril, no 23. La grabación estaba fechada tres semanas en el futuro.

Con una mezcla de curiosidad y inquietud, presioné el botón de nuevo.

"Las cosas se han vuelto más extrañas. Hoy encontré en mi escritorio un artículo que yo mismo escribí para la revista de literatura, pero no recuerdo haberlo escrito. Es bueno, quizás uno de mis mejores trabajos, pero no tengo memoria de haberlo redactado. Su fecha de publicación es el mes pasado."

Volví a detener la grabación. Esto no tenía sentido. Debía ser una broma elaborada. Quizás algún estudiante de mi clase de literatura contemporánea intentando impresionarme con una historia de realidades alternas.

Decidí escuchar un poco más.

"Lucía dice que hablo dormido. Que tengo conversaciones enteras, coherentes, con alguien que no está allí. Pero lo más extraño es que a veces respondo preguntas que ella está pensando, pero que no ha formulado en voz alta."

Un escalofrío recorrió mi espalda. Lucía me había mencionado algo similar apenas ayer en el desayuno. Que me había preguntado en silencio si quería más café, y yo había respondido "sí, por favor" sin que ella hubiera dicho nada.

"Hoy encontré la grabadora. Y grabé este mensaje. Si lo estás escuchando, entonces ya ha comenzado para ti también."

La cinta terminó con un chasquido mecánico. La grabadora quedó en silencio, pero mi mente era un torbellino de preguntas.

Examiné el aparato más de cerca. No tenía marcas de fabricante, ni modelo, ni número de serie. Solo un pequeño símbolo grabado en la parte inferior: un círculo con una línea vertical que lo atravesaba.

Cuando Lucía llegó del trabajo esa noche, le mostré la grabadora y le hice escuchar la cinta. Su rostro pasó de la curiosidad a la preocupación.

—Esto no es gracioso, Eduardo —dijo, apartando el aparato—. ¿Para qué grabaste esto?

—No lo grabé yo —insistí—. Apareció en mi escritorio hoy. Y la voz... sí, suena como yo, pero te juro que nunca he dicho esas palabras.

Lucía me miró fijamente, con esa expresión que adopta cuando está evaluando si le estoy mintiendo. Después de quince años de matrimonio, ha desarrollado un radar bastante preciso.

—La grabación está fechada el 23 de abril —señaló—. Eso es dentro de tres semanas.

—Lo sé.

—Entonces es obviamente falsa —concluyó, como si eso zanjara el asunto—. Alguien está jugándote una broma.

Quizás tenía razón. Probablemente tenía razón. Pero algo en mi interior se agitó inquieto, como si una parte de mí supiera que esto era apenas el comienzo de algo más grande y más perturbador.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba mi propia voz repitiendo: "Si lo estás escuchando, entonces ya ha comenzado para ti también." ¿Qué había comenzado exactamente? ¿Y quién era ese "ti"? ¿Me estaba advirtiendo a mí mismo?

A la mañana siguiente, mientras preparaba las clases que impartiría en la universidad, encontré algo extraño. Un ensayo sobre Cortázar en mi carpeta de documentos. No recordaba haberlo escrito, pero allí estaba, completo, listo para ser enviado a la revista literaria donde colaboraba ocasionalmente. Y era bueno, muy bueno. Ideas que había estado desarrollando durante años pero que nunca había articulado con tanta claridad.

Lo leí tres veces, buscando signos de que hubiera sido escrito por otra persona. Pero el estilo era inconfundiblemente mío. Las referencias, las conexiones entre textos, incluso las peculiaridades sintácticas que mis colegas a veces me señalaban. Era mi escritura, pero no recordaba haberla producido.

Revisé las propiedades del documento. Fecha de creación: 15 de marzo. Una semana atrás. Autor: Eduardo Méndez. Mi nombre.

Llamé a la revista. Hablé con Renata, la editora.

—¿Recibiste mi ensayo sobre Cortázar? —pregunté, tratando de sonar casual.

—Sí, hace unos días —respondió—. Es excelente, Eduardo. Uno de tus mejores trabajos. Va en la edición del próximo mes.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Te lo envié por correo electrónico? —insistí.

Hubo una pausa.

—No... lo trajiste personalmente. ¿No lo recuerdas? Almorzamos juntos el viernes pasado. Hablamos sobre el festival de literatura. Me contaste que Lucía estaba considerando ese trabajo en Miami...

Dejé de escuchar. Lucía y yo habíamos hablado sobre una posible oferta de trabajo en Miami, pero solo anoche, en la privacidad de nuestra habitación. No era algo que hubiéramos compartido con nadie todavía.

—Claro, lo siento —murmuré—. Demasiados pendientes. Me confundí.

Colgué antes de que pudiera hacer más preguntas.

Cuando regresé a casa esa tarde, la grabadora seguía en mi escritorio, exactamente donde la había dejado. Rebobiné la cinta y la escuché nuevamente. La misma voz —mi voz— diciendo las mismas palabras inquietantes. Pero ahora había un peso diferente en ellas. Ya no parecían una broma elaborada o una coincidencia. Comenzaban a sonar como una advertencia.

Decidí hacer mi propia grabación. Conecté la grabadora, presioné el botón rojo de grabación y hablé:

—Es 3 de abril. He encontrado una grabadora en mi escritorio con un mensaje que parece ser mi voz, fechado el 23 de abril. También he descubierto un ensayo que aparentemente escribí, pero no recuerdo haberlo hecho. Si hay alguien escuchando esto... si eres yo escuchando esto... necesito saber qué está pasando.

Detuve la grabación, rebobiné y escuché. Todo estaba allí, claro y preciso. Bien.

Durante la siguiente semana, utilicé la grabadora como una especie de diario. Cada noche registraba los acontecimientos del día, prestando especial atención a cualquier "inconsistencia". Las hubo: un correo electrónico que no recordaba haber enviado, una cuenta bancaria que no recordaba haber abierto, anotaciones en mi agenda con mi caligrafía pero que no recordaba haber escrito.

Lucía comenzó a preocuparse. Me observaba con una mezcla de inquietud y algo más... ¿miedo? Una noche, mientras cenábamos, finalmente lo mencionó.

—Eduardo, creo que deberías ver a alguien —dijo con cautela—. Un profesional.

—¿Un psiquiatra? —adiviné—. ¿Crees que estoy perdiendo la cabeza?

—No he dicho eso —respondió, pero sus ojos decían otra cosa—. Solo pienso que todo este asunto de la grabadora y las "inconsistencias" te está afectando. No duermes bien. Hablas solo. Y el otro día te encontré en la cocina a las tres de la mañana, cocinando, pero cuando te hablé parecías... no sé... como si no fueras tú.

Quise decirle que tal vez no era yo. Que quizás, de alguna manera imposible, había otro Eduardo moviéndose por los mismos espacios, utilizando mi cuerpo cuando yo no estaba consciente. Pero sabía cómo sonaría eso.

—Estoy bien —mentí—. Solo estresado por el final del semestre.

Esa noche, después de que Lucía se durmiera, extraje la cinta de la grabadora y la escondí en mi estudio, dentro de un libro. Luego coloqué una cinta nueva y la dejé en el escritorio, junto a la grabadora. Quería ver si "algo" grabaría un nuevo mensaje.

A la mañana siguiente, la cinta seguía vacía. Y así permaneció durante los siguientes días. Casi me había convencido de que todo había sido producto de mi imaginación, quizás un episodio de sonambulismo combinado con estrés laboral. Casi.

Hasta que llegó el 15 de abril.

Esa mañana, mientras buscaba un libro en mi estudio, encontré un sobre cerrado en el segundo cajón de mi escritorio. Tenía mi nombre escrito en el frente, con mi propia letra. Dentro había una carta y una llave.

Eduardo:

Si estás leyendo esto, significa que las barreras entre nuestras realidades se están debilitando. No tengo tiempo para explicaciones detalladas, pero intentaré darte lo básico:

No existe un solo tú. Existen múltiples versiones, en múltiples líneas temporales ligeramente divergentes. Normalmente, estas realidades no se tocan. Cada Eduardo vive su vida sin consciencia de los otros. Pero algo ha ocurrido. Las barreras se están deteriorando.

La llave adjunta abre un depósito en las bóvedas del Banco Hipotecario, Sucursal central, caja 247. Allí encontrarás pruebas que te convencerán, y también instrucciones sobre cómo proceder.

IMPORTANTE: No le menciones esto a Lucía. En mi realidad, ella... no lo tomó bien.

Tienes hasta el 23 de abril para arreglarlo. Después de eso, la convergencia será irreversible.

—E.

Leí la carta tres veces, buscando algún signo de falsificación. Pero la caligrafía era idéntica a la mía. Incluso esa peculiar forma de cruzar las "t" que siempre ha caracterizado mi escritura.

La llave parecía auténtica. De metal pesado, con el logotipo del Banco Hipotecario grabado en la cabeza.

Todo en mi formación académica, en mi comprensión racional del mundo, me decía que esto era imposible. Las realidades alternativas pertenecían a la ciencia ficción, no a la vida de un profesor de literatura de 45 años. Y sin embargo...

Sin decirle nada a Lucía, me dirigí al banco esa misma tarde. La caja de seguridad existía, y la llave la abría. Dentro encontré un sobre grueso y una pequeña caja de metal.

El sobre contenía fotografías. Yo en lugares donde nunca había estado, con personas que no conocía. Yo con Lucía y un niño de unos diez años (nosotros no teníamos hijos). Yo con el cabello completamente gris (el mío apenas comenzaba a mostrar canas en las sienes). Yo recibiendo un premio literario que nunca había ganado.

Y algo más perturbador: recortes de periódicos. Uno mostraba mi fotografía junto a un artículo necrológico. "Reconocido profesor y escritor fallece en trágico accidente." Otro anunciaba la publicación de mi "nueva novela", cuando yo nunca había escrito ficción. Otro informaba sobre mi nombramiento como decano de una universidad donde nunca había trabajado.

En la caja de metal había un dispositivo extraño, del tamaño de un reloj de pulsera, con una pequeña pantalla y tres botones. Y una nota:

Esto es un Resonador de Fase. Lo construí siguiendo las especificaciones del Dr. Vega. Puede detectar y, temporalmente, estabilizar las fluctuaciones entre realidades. Las instrucciones están en el manual adjunto. Úsalo con precaución. Si la lectura supera 7.5, activa el protocolo de emergencia.

Y recuerda: no le digas a Lucía. No todavía.

Pasé la noche estudiando el dispositivo y el breve manual. Según este, el aparato podía detectar "grietas" entre realidades, puntos donde las diferentes versiones del universo se estaban filtrando una en otra. Y aparentemente, yo estaba en el centro de una de esas grietas.

El manual mencionaba algo llamado "efecto de anclaje", donde un individuo podía servir como punto focal para la convergencia de múltiples realidades. Por alguna razón, yo me había convertido en ese ancla.

La pantalla del dispositivo mostraba un número fluctuante: 5.3. Según el manual, esto indicaba una "disrupción de fase moderada". El protocolo de emergencia debía activarse si la lectura superaba 7.5.

Esa noche, no me atreví a dormir. Temía que, de hacerlo, otra versión de mí tomara el control. Así que permanecí despierto, observando el dispositivo, viendo cómo el número fluctuaba lentamente: 5.2, 5.4, 5.3...

En algún momento de la madrugada, Lucía entró en mi estudio. Rápidamente escondí el dispositivo en un cajón.

—¿Sigues despierto? —preguntó, frotándose los ojos—. Son las cuatro de la mañana, Eduardo.

—Tengo que terminar de calificar estos ensayos —mentí, señalando una pila de papeles en mi escritorio.

Se acercó, envuelta en su bata de dormir, y puso una mano en mi hombro.

—Te estás obsesionando con esa grabadora, ¿verdad? —dijo, mirando el aparato que seguía sobre mi escritorio—. ¿Por qué no la tiras y te olvidas de todo este asunto?

Algo en su tono me pareció extraño. Demasiado insistente.

—Mañana —prometí—. Vuelve a la cama. Iré en un momento.

Me besó en la frente y salió. Cuando estuve seguro de que no podía verme, saqué nuevamente el dispositivo. La lectura había cambiado: 6.1.

Los días siguientes fueron un descenso a la paranoia. Llevaba el "Resonador de Fase" conmigo a todas partes, escondido en el bolsillo, verificando constantemente la lectura. Gradualmente, los números aumentaban: 6.2, 6.4, 6.7...

Y las inconsistencias se multiplicaban. Colegas que me felicitaban por presentaciones que no recordaba haber dado. Estudiantes que mencionaban clases que no recordaba haber impartido. Facturas de compras que no recordaba haber hecho.

Lo más perturbador era Lucía. Parecía observarme constantemente, como evaluando cada palabra, cada gesto. Una noche, la encontré revisando mi estudio mientras yo supuestamente dormía. Cuando la confronté, alegó que buscaba unos documentos para pagar los impuestos.

El 22 de abril, la lectura alcanzó 7.3. Según el manual, estaba a punto de cruzar el umbral crítico.

Esa noche, después de una cena silenciosa y tensa, Lucía se ofreció a preparar té. Acepté, aunque no tenía intención de beberlo. Mis sospechas habían crecido hasta un punto casi insostenible.

Cuando regresó con las tazas, fingí tomar un sorbo mientras la observaba por encima del borde de la porcelana.

—¿No está demasiado caliente? —preguntó, y había algo extraño en su mirada.

—Está perfecto —respondí, simulando otro sorbo.

Su expresión cambió sutilmente, una sombra de... ¿decepción? Poco después, alegué fatiga y me retiré a nuestro dormitorio. En lugar de acostarme, me encerré en el baño adjunto y vertí el té en el lavabo. Olía extraño, con un matiz químico bajo el aroma de las hierbas.

Pasé la noche en vela, simulando dormir cada vez que Lucía entraba a verificar. En algún momento de la madrugada, escuché voces. Lucía hablando por teléfono en susurros desde la cocina. Solo pude captar fragmentos:

"...no funcionó... sigue resistiendo... mañana es el día... el doctor dijo que no podemos esperar más..."

Al amanecer del 23 de abril, la lectura del dispositivo marcaba 7.4. Estaba al límite.

Tomé una decisión. Busqué la grabadora, introduje la cinta original (la que había aparecido aquel primer día) y la rebobiné hasta el final. Presioné el botón de grabación y hablé:

—Hoy es 23 de abril. Hace tres semanas que comencé a notar las inconsistencias. Pequeñas al principio. Un libro que no recordaba haber comprado. Un mensaje que envié y que no aparece en mi teléfono. Lucía mencionando una conversación que no recuerdo haber tenido.

Repetí, palabra por palabra, el mensaje que había escuchado aquel primer día. Cuando terminé, extraje la cinta y la guardé en mi bolsillo.

Lucía había salido temprano, sin despedirse. Dejó una nota diciendo que regresaría con una "sorpresa" para la cena. No tenía intención de estar allí cuando volviera.

Según el manual del Resonador, el "protocolo de emergencia" consistía en activar un botón rojo oculto bajo una pequeña tapa en la parte posterior del dispositivo. Supuestamente, esto "reiniciaría la matriz de fase", lo que sea que eso significara. Pero había un precio: el portador del dispositivo quedaría "desplazado", atrapado entre realidades.

A las 11:42 de la mañana, la lectura alcanzó 7.5. Era el momento.

Antes de activar el protocolo, coloqué la grabadora y la cinta en mi escritorio, exactamente donde la había encontrado tres semanas atrás. Si mi teoría era correcta, otro Eduardo la encontraría allí, continuando el ciclo.

Respiré profundamente, abrí la tapa posterior del dispositivo y presioné el botón rojo.

Hubo un destello de luz blanca, y luego... nada.

Me encontré en mi estudio, pero algo había cambiado. La luz tenía una cualidad diferente, más tenue, como si estuviera viendo el mundo a través de un velo. La habitación parecía igual, pero al intentar tocar los objetos, mis manos los atravesaban como si fueran humo.

Desconcertado, miré el dispositivo en mi mano. La pantalla parpadeaba con un mensaje: "DESPLAZAMIENTO EXITOSO. REALIDAD PRINCIPAL ESTABILIZADA."

Escuché la puerta principal abrirse. Pasos en el pasillo. Lucía entró al estudio, pero no estaba sola. La acompañaban dos hombres con batas blancas y un tercero que reconocí como el Dr. Morales, psiquiatra del hospital universitario.

—Debe estar aquí —dijo Lucía, mirando alrededor con nerviosismo—. No ha salido de la casa en días.

—Señora Méndez —dijo el Dr. Morales con voz calmada—, entiendo su preocupación, pero debemos proceder con cautela. La condición de su esposo es delicada.

—¡Ha estado hablando de realidades alternativas, doctor! —exclamó Lucía, su voz quebrándose—. Cree que hay otras versiones de sí mismo filtrándose en su vida. Tiene alucinaciones, habla solo, casi no duerme. Anoche intenté darle el medicamento que usted recetó, pero creo que no lo tomó.

—Los delirios esquizofrénicos pueden ser muy convincentes —asintió el médico—. Para él, esas otras realidades son tan reales como esta habitación.

Observé la escena, paralizado. ¿Esquizofrenia? ¿Medicamentos? ¿Había sido todo producto de mi mente enferma?

Pero entonces noté algo en el escritorio. La grabadora. No estaba donde yo la había dejado minutos antes. Y junto a ella había una taza de té, aún humeante. Una taza que yo no había puesto allí.

Uno de los asistentes del doctor se acercó al escritorio y tomó la grabadora.

—¿Es este el aparato del que nos habló? —preguntó, mostrándoselo a Lucía.

Ella asintió.

—Dice que apareció de la nada. Que contiene mensajes de otra versión de sí mismo.

El hombre presionó el botón de reproducción. Pero en lugar de mi voz, solo se escuchó estática. La cinta estaba vacía.

Fue entonces cuando lo comprendí. Lo que tenía en mis manos no era un "Resonador de Fase". No existían las realidades alternativas, al menos no como yo las había imaginado. El dispositivo, la carta, las fotografías... todo había sido un elaborado sistema para alimentar mi delirio, para confirmar las alucinaciones que mi mente enferma había creado.

Y ahora estaba atrapado en la más terrible de esas alucinaciones: invisible, intangible, observando mi vida desde fuera, como un fantasma.

Grité, pero nadie me escuchó. Intenté tocar a Lucía, atravesar las defensas del médico, hacer notar mi presencia de alguna manera. Fue inútil.

Desesperado, miré nuevamente el dispositivo en mi mano. La pantalla ahora mostraba un mensaje diferente: "FASE TERMINAL INICIADA. REABSORCIÓN EN PROGRESO."

Sentí un tirón, como si algo me jalara desde dentro. Mi visión comenzó a oscurecerse en los bordes. Estaba desapareciendo.

Con un último esfuerzo, me acerqué al escritorio. La grabadora seguía allí. Concentrando toda mi voluntad, logré presionar el botón de grabación. No estaba seguro de si funcionaría, si mi existencia fantasmal podría afectar algo en el mundo físico, pero tenía que intentarlo.

Me incliné sobre el micrófono y susurré:

—No creas nada de lo que ves. No confíes en Lucía. No tomes el medicamento. Están tratando de borrarte, de reemplazarte con una versión más dócil. El dispositivo no está diseñado para salvarte, sino para eliminarte. Para cuando escuches esto, yo ya no existiré, pero tú todavía tienes una oportunidad. Corre. Ahora.

En ese momento, la puerta del estudio se abrió de golpe. Pero no era Lucía ni los médicos quienes entraron.

Era yo. Otra versión de mí, pálida, despeinada, con la ropa arrugada como si hubiera dormido con ella. Mis ojos —sus ojos— recorrieron la habitación frenéticamente hasta detenerse en el escritorio. En la grabadora.

Lucía y los médicos se volvieron, sorprendidos.

—Eduardo —dijo ella, extendiendo una mano conciliadora—. Estábamos preocupados por ti. El Dr. Morales ha venido a ayudarte.

El otro yo no respondió. Su mirada estaba fija en la grabadora, donde el botón de grabación seguía presionado. Quizás había escuchado mi mensaje, o quizás solo había visto que el aparato estaba activado. En cualquier caso, algo en su expresión cambió.

—Aléjate de mí, Lucía —dijo con voz ronca—. Todos ustedes, aléjense.

—Eduardo, por favor —intercedió el Dr. Morales—. Estás sufriendo un episodio psicótico. Déjanos ayudarte.

—¡NO! —gritó el otro yo, retrocediendo hacia la puerta—. Sé lo que están tratando de hacer. He visto las otras realidades. He visto lo que le han hecho a los otros Eduardos.

Los asistentes del médico avanzaron, intentando acorralarlo. Pero mi otro yo fue más rápido. Agarró la grabadora del escritorio y escapó por el pasillo.

Sentí otro tirón, más fuerte esta vez. Mi cuerpo —o lo que quedaba de él— comenzaba a deshacerse como niebla bajo el sol.

Lo último que vi, antes de que la oscuridad me engullera por completo, fue a Lucía sacando un teléfono de su bolsillo y marcando apresuradamente.

—Se escapó —la escuché decir—. Y tiene la grabadora. Sí, la misma. No, no creo que haya escuchado nada, pero... —hizo una pausa, escuchando a su interlocutor—. Entendido. Iniciaremos el protocolo de contención.

Luego, nada.


Si estás leyendo esto, probablemente eres otra versión de mí. O quizás eres el yo original, el que escapó aquella tarde del 23 de abril. No lo sé con certeza. Las realidades se han vuelto tan fluidas, tan intercambiables, que he perdido la noción de qué es real y qué es fabricación.

Solo sé que estoy aquí, en algún tipo de espacio intersticial, observando fragmentos de vidas que podrían haber sido la mía. Veo a múltiples Eduardos, en múltiples realidades, todos enfrentando alguna variación de la misma crisis. Algunos escapan. Otros son capturados. Algunos ni siquiera notan que algo está mal hasta que es demasiado tarde.

En cuanto a Lucía... no sé quién o qué es realmente. A veces pienso que es parte de algún experimento, una observadora asignada para monitorear mis reacciones. Otras veces creo que ella misma es víctima, manipulada por fuerzas que ninguno de los dos comprende.

Lo único constante en todas estas realidades es la grabadora. Siempre encuentra su camino hacia el escritorio de algún Eduardo. Y siempre contiene un mensaje, aunque el contenido cambia. A veces es una advertencia. A veces es una pista. A veces es solo estática, un lienzo en blanco esperando ser llenado.

Estoy intentando alcanzarte a través de esa grabadora ahora. No sé si mis palabras llegarán como las escribí, o si serán distorsionadas en el tránsito entre realidades. No sé si podrás confiar en ellas, o si deberías hacerlo.

Lo único que puedo decirte con certeza es esto: nada es lo que parece. Ni siquiera tú mismo. Especialmente tú mismo.

Y si algún día encuentras una grabadora en tu escritorio, que no recuerdas haber comprado o recibido... piensa muy cuidadosamente antes de presionar el botón de reproducción.

Porque una vez que escuchas los ecos, nunca dejan de resonar.